jueves, 8 de noviembre de 2012

Día 36, 6 de noviembre.

“Paren el barco, me quiero bajar…”
Ése parece ser el ruego de las defensas, que ya no pueden disimular su preocupación. Es que, a medida que siguen declarando los testigos ofrecidos desde la Unión Ferroviaria, se complica más la situación de los imputados. Tanto es así, que a cada rato desisten de testimonios que, hace apenas unos meses –o semanas-, anunciaban como “claves” para demostrar la inocencia de sus representados.

Del “acto de presencia” a “un compañero más”.
Hoy comenzó la jornada con Miguel Alejandro Torreta, soldador y delegado de los Talleres de Remedios de Escalada. Uno de los que fue sindicado por otros testigos –incluso “amigos”- como reclutador de la patota.
Ya en las generales de la ley, sus respuestas nos hicieron sonreír. Después de explicar que conoce a varios de los imputados porque son sus compañeros de trabajo, como Uño o Alcorcel, cuando se le preguntó por Pablo Díaz, dijo: “Claro que lo conozco. Pablo… Pablo es la cabeza nuestra”. La cabeza de la patota, como el 20 de octubre.
Torreta reconoció que, el 20 de octubre, su supervisor, Aldo Amuchástegui, “me comenta que había un acto de presencia en Avellaneda. Agarré una planilla de personal y empecé a recorrer los sectores para preguntar quién quería ir. Supuestamente íbamos a hacer un acto de presencia porque había gente que quería cortar las vías, partidos políticos, nosotros no teníamos más paciencia”. Después le preguntamos qué quería decir eso de “acto de presencia” que a cada rato repetía, y ¿explicó?: “Acto de presencia es eso, es plantar presencia en la estación y quedarse ahí. Como si fuera una reunión con los compañeros”, y no supo qué decir cuando desde el tribunal le retrucaron, “¿Y si se iban a quedar ahí, por qué se fueron hasta el puente Bosch?”.
El hombre trató de hacer, lo mejor que pudo, lo que le pidieron: asegurar, como otros en las jornadas anteriores, que la patota sólo bajó de las vías porque hacía calor y buscaban sombra, y así estaban hasta que los atacaron las fieras enardecidas entre las que estaba mariano Ferreyra. Pero por más esfuerzo que puso, no pudo. Dijo que él se quedó sobre la vía porque estaba operado de la rodilla, junto a unos pocos más, gente mayor, que tenía miedo de bajar porque “Quebracho le pega a la gente…" (¿?), al mismo tiempo que cándidamente admitió que “los otros” estaban tan lejos, a unos 300 metros, que él ya no los veía…
A pesar de que intentó ayudar a sus jefes y benefactores –aclaró que está trabajando en el ferrocarril “gracias al Sr. Fernández, que le tramitó el ingreso”- terminó dando elementos a la acusación. Contó que las planillas con los trabajadores que iban a la actividad las entregaba a la encargada del personal, y, así, quedaban “liberados”, con permiso de la empresa para irse. Admitió que de los talleres salieron no menos de 80 a 100 “liberados”. En Avellaneda eran más de 120 en total, y “superábamos en número a los otros”. Mandó con pitos y cadenas a los policías, tanto a la “gente de traje que estaban sobre la vía, se decía que eran comisarios” como a los de infantería, que llegaron, miraron y se fueron justo antes del ataque, y los de los patrulleros de la comisaría 30ª.
Describió el “ataque” como, dijo, se lo contaron “un montón de compañeros que fueron en la corrida”: “Me dijeron que ellos fueron todos corriendo y al llegar unos 200 o 300 metros se encontraron con un grupo de gente del PO parados con palos, encapuchados y con una bandera grande, se tiraron unas piedras, se pelearon, se escucharon disparos que ellos pensaron que eran 3 tiros y se volvieron”. Y aclaró que, además de los “suyos”, llegó un grupo que no conocía, y que fue en la corrida. Pero después resultó que Favale, al que primero dijo “no conozco” lo había visto a la salida de la cancha de River tras el “acto de Cristina y Moyano”, preguntó quién era, le dijeron que se llamaba Cristian, y concluyó: “era un compañero más”.
Cuando empezó la ronda de preguntas de la fiscalía y las querellas, se le puso la mente en blanco. Primero, no recordó la reunión en los talleres después del hecho, pero luego reconoció que la pidió él, para que vinieran a decirles a todos los que habían ido al “acto de presencia” “que se quedaran tranquilos”; no pudo decir para qué, por qué o gritando qué corrieron sus compañeros por la calle Luján, ni recordó haber preguntado después, ni siquiera cuando supo que había un muerto y otros heridos de bala.
Tan vagas eran sus respuestas al promediar la declaración, que, ya sobre el final, el juez Días le preguntó: “¿Toma algún medicamento? Porque hay muchas cosas que no se acuerda…”, lo que motivó un pedido de cuarto intermedio del defensor de Pablo Díaz, que, de regreso, arremetió contra el tribunal por el “trato horrorosamente desigual entre testigos”, como si los compañeros que declararon en las primeras audiencias hubieran venido a un día de campo. Lo “horrorosamente desigual” es comparar a los trabajadores conscientes con estos pobres domesticados por la burocracia a la que aspiran pertenecer.

“Ahora nos pusieron una delegada”.
Pasados unos minutos, llegó María Cristina Creado, empleada administrativa en Remedios de Escalada, que fue por varios años boletera en Constitución, y fue traída al solo efecto de contar los momentos de congoja que padeció cada vez que “venían los piqueteros y los grupos políticos a bloquear las boleterías”. Mezclando un poco de todo, juntó las movilizaciones de desocupados, con Castells y Nina Peloso a la cabeza, con los incidentes de septiembre de 2007, protagonizados por pasajeros enardecidos hasta el hartazgo por el maltrato y la falta de servicio.
Su intento de mostrarse lejana a los imputados y ajena a las cuestiones “políticas” se derrumbó cuando contó que ella también fue al acto “de la CGT en apoyo al gobierno” en River. Con permiso de la empresa, claro. Y, de nuevo, mostró la diferencia entre ellos y nosotros, cuando se le preguntó por los delegados de su sector de trabajo. “Antes no había, ahora pusieron una delegada”, se le escapó.

"Los ferroviarios de los Talleres de Escalada no tienen contacto con los usuarios".
Con esta frase se despidió el testigo Nicolás Germán Salgado, de Evasión del Roca. El picaboletos, que llamó Pablo a Díaz y Dani a González siendo que ninguno de éstos trabajaba en su estación ni en su área, también admitió conocer al "Gallego Fernández" por los asados del sindicato. El 20 de octubre de 2010 estaba en la Estación Glew y se enteró de todo por dichos de terceros.
Adiestrado, intentó descalificar los reclamos contando que varios cortes de vías terminaron en hechos violentos contra su persona por obra de los usuaruios indignados, como un episodio que habría ocurrido en Longchamps. Lo adjudicó a "sectores políticos".
A preguntas de la querella, sin embargo, reconoció que él no fue convocado a evitar el corte del 20 de octubre, y que él y sus compañeros de tareas tienen contacto directo con los usuarios, cosa que no tienen los trabajadores de Talleres de Escalada, porque su tarea es ajena al trato con los pasajeros. Entonces quedó en el aire de la sala la pregunta que sólo se responde con la lógica de la patota: El Gallego, Pablo, Dani y los demás imputados ¿querían evitar el corte para defenderse de usuarios con los que no tenían contacto? ¿Y él, que sí tenía contacto y además hasta sufrió en su propio cuero otras agresiones, ni siquiera fue convocado? ... Si algo faltaba agradecer a las defensas es que hayan corroborado lo de la fuerza de choque reclutada en Escalada.

"Era un hombre que estaba muy agradecido".
Fernanda Schiapparo Scalese era boletera en la estación Rafael Calzada. "Conozco a Pablo Díaz del barrio y del club 20 de Febrero, somos amigos, me hizo entrar al Roca ..." Casi en la misma línea que los anteriores testigos, contó que los usuarios se ponen violentos con los cortes para después aclarar "en realidad con los cortes, accidentes o lo que sea", y repitió para que no queden dudas sobre la razón del malestar del usuario "con los usuarios siempre hay problemas por lo que sea que no haya". Su testimonio anduvo por adjudicar a sectores políticos esos cortes y mezclar acontecimientos que nada tuvieron que ver con los hechos del 20 de octubre, de los que se enteró cuando llegó a su casa. Y en otra muestra de la enorme contribución que las defensas hacen a la acusación, ofreció dos datos determinantes a la hora de calificar a los testigos: por un lado reconoció que ese día no hubo cancelaciones ni inconvenientes en la estación por ningún motivo (esto desmiente al testigo y delegado Dotta que dijo que dejó la misma estación de Calzada porque no había trenes y por eso fue recogido en un auto en el que venía Uño) y finalmente algo sugestivo sobre este mismo Uño: "es una persona tranquila, muy bueno y estaba muy agradecido". Repreguntada de quién estaba agradecido Uño, titubeó y mucho ¿otro motivo del alistamiento en la patota es precisamente esta manera de expresar la gratitud?.

El amigo de la familia.
Jorge Antonio Valdéz es control en la estación Glew del Roca. Ingresó en Mayo de 2008. "Conozco a Pablo... a Pablo Díaz, es amigo de mi familia desde hace 20 años, yo tengo 25 y entré al ferrocarril por él". Otro picaboletos que, habiendo vivido circunstancias agresivas y teniendo contacto con los usuarios, tampoco fue convocado al "acto de presencia". Eso sí, puesto a declarar contra cortes y piqueteros fue fiel al amigo: "yo no se por qué cortaban, pero eran piqueteros del Polo Obrero, MTS y cosas por el estilo". Tambaleó y mucho cuando, a preguntas de la fiscalía, reconoció que tenía una novia llamada Sandra Fernández, compañera de trabajo en Quilmes y a quien el día del crímen le prestó un teléfono celular que pertenecía a la flota del amigo de la familia.
Las defensas terminaron la jornada desistiendo de otros testigos... bien que hacen.