viernes, 26 de octubre de 2012

Día 32 - Otro gerente de UGOFE, el celular de Alcorcel y el micro naranja (25/10)

La jornada comenzó con la declaración de Pablo Oscar Díaz, Jefe de Relaciones Laborales de UGOFE, testigo propuesto por el abogado del “Gallego” Fernández. Como viene ocurriendo, el testimonio terminó aportando más para la acusación que para las defensas.

De entrada, nomás, ante la formalidad de la pregunta por las “generales de la ley”, es decir, su conocimiento de las partes del juicio, el directivo de la empresa admitió que conocía a su tocayo Pablo Marcelo Díaz y a Fernández, lo que explicó porque eran los gremialistas con los que tenía mayor relación en la línea, pero también llamó por sus nombres a tres integrantes de la patota, González, Pipitó y Sánchez.

Díaz ocupa el mismo sillón empresarial desde 1998, cuando el servicio del Roca era explotado por Taselli. El mismo día de la creación de UGOFE fue ratificado en el puesto, que depende jerárquicamente de la Gerencia de Recursos Humanos, y tiene por función la administración del personal, y la aplicación del régimen disciplinario. No llamó la atención que recordara sanciones impuestas por la empresa a los trabajadores que confrontan al pedracismo, como Jorge Hospital y Diego Cardias.

A pesar de los esfuerzos del defensor de Fernández, Dr. Freeland, para que el gerente dijera que la Unión Ferroviaria ha bregado históricamente por el pase a planta permanente de los tercerizados, el hombre no se animó a macanear tanto. Rotundamente dijo que no recordaba reclamos de la UF en ese sentido. Desesperado, y mientras engullía bizcochitos de grasa, Freeland pidió que se le exhibieran tres notas firmadas por Pedraza y Fernández que él aportó como prueba documental en la instrucción. El testigo las leyó y aclaró que no las recordaba. Una era de 2006, es decir, anterior a UGOFE y a las cooperativas de la UF, cuando hubo un fuerte plan de lucha de los tercerizados y se logró que muchos fueran reconocidos como trabajadores ferroviarios. En las otras, el “reclamo” era de equiparación salarial, no de incorporación a la planta permanente del ferrocarril.

“¿Había trabajadores tercerizados más radicalizados que otros?” ensayó Freeland, pregunta que el presidente del tribunal no permitió, al tiempo que pidió al abogado que apurara el interrogatorio, haciéndole notar que hasta allí había sido complaciente: “Hasta lo hemos dejado comer …”, dijo el juez.

Sobre el 20 de octubre, muy a contramano de los deseos de los defensores, Díaz ratificó que “se comentaba” desde el día anterior que iba a haber una movilización, y que el 20, por la mañana, recibió un mail desde la administración de los talleres de Remedios de Escalada con el listado de personal que se retiraba para ir “a un corte de vías”… Con una reticencia notable, terminó admitiendo que sabía que la empresa había advertido a la secretaría de transportes de la movilización; que se había constituido un comité de crisis en la empresa; que fue a Avellaneda al mediodía; que habló con Karina Benemérito de la UF y con otros gerentes de UGOFE; que habló dos veces, entre las 8 y 9 de la mañana, con el otro Pablo Díaz, el jefe operativo de la patota. No dijo, claro está, de qué hablaron.

Explicó que, cuando hay algún acto o marcha, “la UF presenta la lista de los que se van. La empresa toma debida nota, se cruza con los registros de asistencia y la gerencia de recursos humanos descuenta horas, pero depende el caso”. Y dio dos ejemplos de días en que la empresa decidió no penalizar con descuentos la salida del trabajo: “El 15 de octubre, cuando hubo un acto con Moyano en River, y después en marzo de 2011, para un acto de la presidenta en Huracán”. El 20 de octubre, luego que se supo del asesinato de Mariano y frente a Hornos 11 se congregaba la movilización que había comenzado en Callao y Corrientes, sí practicaron los descuentos. Después de lavarse las manos, se las secaron.

Promediando la declaración, las mentiras empezaron a acumularse, como cuando dijo que no recordaba de qué se habló en el almuerzo cerca de fin de año que compartieron los burócratas de la UF con los directivos de UGOFE, donde armaron un plan para incorporar a los tercerizados con el menor costo para sus intereses comunes.

El segundo testigo de la mañana fue tan breve con estrepitoso el fracaso de la defensa del patotero Uño, que viene intentando instalar la idea de que Mariano murió, y Elsa sufrió graves secuelas, porque sus compañeros tomaron la iniciativa de trasladarlos al hospital Argerich enseguida, sin quedarse esperando la casi hora que tardó en aparecer la ambulancia del SAME.

Fue el Director Médico del Hospital Argerich, Néstor Abel Hernández, que ratificó lo dicho por el compañero del Partido Obrero, Dr. Wul, que asistió a los heridos en Barracas. Mariano ingresó al hospital fallecido, y Elsa en gravísimo estado, pero a tiempo para que, debidamente atendida, pudiera encarar su larga y positiva recuperación. El testigo, traído por la defensa de Uño, sin embargo, ayudó para destruir el argumento de los integrantes de la patota de que no se quedaron en la guardia del Argerich cuando fueron a hacer atender sus heridos, como el “arrepentido” Claudio Díaz, “porque la guardia estaba colapsada”. “No había ningún colapso en la guardia”, dijo el Director del hospital. Lo que había, en todos los televisores y radios, era la difusión de la noticia del ataque y sus consecuencias, lo que explica que huyeran como rata por tirante.

El tercer testigo, José Carlos Sineriz, casi no podía hablar del susto que tenía de quedar preso. Es que el hombre es un hincha de Temperley, que tiene un bar frente al estadio, dueño de una flota de teléfonos Nextel. Uno de esos celulares terminó en manos de un amigo de un amigo, “Gustavo”, pelado, morocho y delgado, empleado del ferrocarril, y es uno de los teléfonos desde y hacia el que se detectaron infinidad de comunicaciones con Favale, Pablo Díaz y otros imputados.

Finalmente, por la tarde, declaró el compañero Leandro Alfredo Tamame, del PO, que llegó tarde a la convocatoria, y sólo alcanzó la columna cuando se producía el ataque a piedrazos cerca del puente Bosch. Lo muy valioso del testimonio estriba en que, como tenía que entrar a trabajar a las 14:00, Leandro se fue a tomar el tren en la estación Yrigoyen un poco antes de la una y media. “Cuando entré a la estación vi un micro escolar color naranja del que baja un grupo de jóvenes con gorritas y ropa deportiva. Entran al andén y le dicen al boletero que vienen a apoyar a los ferroviarios. Pasaron enfrente mío, y se fueron caminando hacia la gente de la Verde que yo había visto antes sobre la vía. Los lideraba uno grandote, de remera azul, pelo oscuro y corto, que al pasar por el andén dijo bien fuerte, para que escucharan todos los que iban con él, ‘a la gente no le hagan nada’, por los que estábamos esperando el tren”.

Aunque ese colectivo escolar, que trajo la patota de Favale hasta las vías, ya fue referenciado por el testigo Esteche, y por uno de sus pasajeros, el atribulado Lezcano de la semana pasada, el aporte de Leandro es fundamental, pues prueba el plan premeditado que vinieron a ejecutar los reclutados en Florencio Varela junto a los hombres de Pedraza.