martes, 18 de septiembre de 2012

Día 18 - “Negro, le dimos…” (18/9)

José Eduardo Sotelo, un psicólogo recibido en la UBA en 2006, visitó a una pareja de amigos, a los que asesoraba profesionalmente por su divorcio, el 20 de octubre por la mañana. Cerca de la una, caminó unos metros hasta la esquina de Santa María del Buen Ayre y Pedro de Luján, y dobló hacia la avenida Vélez Sársfield, donde iba a tomar el colectivo 37 hacia zona sur. En ese momento, escuchó a sus espaldas unos gritos, y a lo lejos alcanzó a ver un grupo de gente con banderas que caminaba en su mismo sentido. Mientras seguía caminando, empezaron a pasar a su lado, corriendo, personas vestidas, en su mayoría, con ropas del ferrocarril. Vio, a unos metros de distancia, cómo algunos agredieron verbalmente a una chica y dos muchachos, que eran trabajadores de un canal de televisión, forzando que se refugiaran dentro de un galpón de la empresa de colectivos Chevallier. Uno de los agresores era un hombre alto, con un cuello ortopédico.


Como iba de traje, con una carpeta en la mano, se mantuvo caminando por la vereda, esperando que no se metieran con él. Pero cuando, ya pasado el portón de Chevallier, vio dos hombres que sacaron armas de entre sus ropas, y empezaron a disparar, se tiró detrás de un auto para cubrirse. Unos 15 o 20 minutos después, cuando volvió la calma, salió de su escondite, para ver que estas dos personas se aproximaban a un tercero, al que le entregaron sus armas, mientras le decían “Negro, negro, le dimos”. Cuando el que recibió las armas, las guardó en la cintura, una adelante y otra atrás, Sotelo vio que la empuñadura de otra pistola sobresalía de su pantalón.


Cuando se retiraron todas esas personas, siguió presuroso su marcha hacia Vélez Sársfield. Ya no había nadie más que vecinos del lugar a la vista. Justo antes de cruzar la avenida, llegaron dos patrulleros con las sirenas puestas. “Fueron los únicos policías que vi en el lugar, uno bajó del patrullero y me preguntó si había visto algo, le conté y me tomó los datos. ‘Andate, te vamos a llamar para declarar’ le dijo el uniformado. Pero nunca me llamaron”.


A la mañana siguiente, cuando se dio cuenta, al mirar la TV, lo que había presenciado, se presentó en la comisaría de la zona, y fue llevado a declarar en la fiscalía.


Allí relató su experiencia y describió a los tiradores, igual que lo hizo ahora ante el tribunal: “Uno era joven, con remera celeste y blanca, como la de la Selección o Racing y pantalón del ferrocarril, por las franjas fosforescentes. Tenía una gorrita, pelo corto, y un revólver, le vi el tambor, negro. El otro tenia el mismo pantalón, creo que una remera roja, cabello entrecano. Al que le dieron las armas era una persona robusta, tenía un saco o buzo de hilo blanco, pantalón de jean, mocasines, pelo medio largo, le tocaba el cuello de la camisa, castaño y entrecano”.


En las imágenes de los videos grabados por C5N y la PFA, señaló a las tres personas. El que recibió las armas es el imputado Pérez, a quien se ve, frente a Chevallier, realizando un inequívoco gesto de acomodarse un arma en la cintura, por debajo de su camisa blanca con rayas. El que señaló como uno de los tiradores es el picaboletos Uño.


Aunque en su declaración no lo dijo, al confrontarse sus dichos con la declaración en la instrucción, recordó que, cuando le dijeron “Negro, le dimos”, el identificado como Pérez respondió “Vayan y háblenlo con Pablo”.

A pesar de los esfuerzos de las defensas por buscar contradicciones y desacreditar al testigo, lo cierto es que Sotelo se mantuvo firme en sus dichos y respondió a las interminables rondas de preguntas sin vacilar en su relato. Cuatro horas después de entrar a la sala, su testimonio terminó.

“Nosotros no somos una patota, no se confunda”

El siguiente testigo fue el joven Ariel Roseto, militante de zona sur del PO, que debió soportar un largo y repetitivo interrogatorio que duró hasta pasadas las seis de la tarde. Es que Ariel comprometió seriamente tanto al grupo de choque de la UF como a la policía, y sus respectivos defensores se desesperaron por contradecirlo. Pero el compañero no se amilanó, y respondió cada pregunta con claridad, incluso soportando provocaciones, como la del ya aburrido Dr. Freeland, que le espetó “¿Su patota hizo tal cosa?”, y motivó que el joven le respondiera sin dejarlo terminar la pregunta, “No se confunda, nosotros no somos una patota”.


Su relato, en lo esencial, calcó el de los compañeros que lo antecedieron: la cita para acompañar a los tercerizados, la patota a la vista y la decisión de rodear la estación, la caminata por Bosch, el intento frustrado de subir a la vía en el puente Bosch. El repliegue, la asamblea en la parrilla, la desconcentración y el ataque cobarde.


“Cuando pasamos hacia Vélez Sársfield camino a la parrillita vi menos policía que cuando volví después del ataque”, dijo. Y señaló que, la segunda vez, cuando intentó con otros de los compañeros que estaban en el cordón alcanzar a sus atacantes que se retiraban, eran más los efectivos, y hasta había un hidrante.


“Estuvimos como una hora en esa esquina, les hicieron notas a compañeros, a Elsa que tenía el brazo lastimado, y empezamos a irnos. De pronto me di vuelta porque escuché compañeros que que gritaban que estaban bajando. Yo era de los últimos, y vi clarito cómo la policía se abre de manera alevosa para dejarlos pasar, eso me indignó bastante. Nosotros empezamos a decir que había que armar un cordón porque se venía la patota, había que resguardar a los compañeros, que no toquen a las mujeres, los chicos, los ancianos. Nos iban a agarrar igual aunque corriéramos, entonces había que aguantar. Éramos unos 20, estaban Mariano, Marcelo Varterian, Omar Merino, Edgardo Mari. Yo pedí un palo, alguien me lo dio, no iba a pedir una flor”.


Cuando se acercaba el grupo de choque, uno de los compañeros arengó al pequeño grupo: “Compañeros, de acá no nos movemos porque atrás están las compañeras y compañeros más vulnerables”. A unos 30 metros de distancia empezaron los piedrazos, palazos y botellazos, que los compañeros respondieron, defendiéndose: Pero en ese momento, Ariel vio lo que nunca imaginó: en el medio de la calle, un tipo estaba tirando tiros hacia ellos. “Me está apuntando y me está tirando”, pensó, mientras veía las piernas semiflexionadas, el brazo estirado y el humo blanco que salía con cada disparo. Atinó a cubrirse hacia un costado, agachándose detrás de un auto. Ahí lo vio más claro todavía. Era fornido, con pelo corto tipo patovica y una sombrita en la cara tipo barba candado, remera azul y jean.

Ariel oyó más de 10 disparos en apenas unos segundos. Cuando la patota se dio media vuelta y empezó a correr hacia los policías, él, junto a otros compañeros, unos pocos de los que estaban en el cordón, los persiguieron. Pero al llegar al cordón policial, los agresores pasaron, y se volvió a cerrar el cordón frente a ellos. “Actuaron en defensa de estos tipos, los protegieron. Encima me desayuné que había un carro hidrante y más policía que antes”, se indignó Ariel, que para entoces no sabía que había heridos, ni que Mariano agonizaba.

Uno o dos días después, vio una foto en un diario. Era un hombre que estaba con Sandra Russo, la periodista de 678. No necesitó leer el texto para reconocer al tirador que vio en Barracas, por lo que avisó a sus compañeros del partido para que lo citaran a declarar.

Con estoicismo y mucha paciencia, Ariel debió soportar el ataque conjunto de los defensores, desesperados por minimizar su testimonio. Debió salir de la sala una y otra vez, a medida que se caldeaba el clima ante la impertinencia de las preguntas, que dejaron en evidencia, en más de una ocasión, que ninguno de los defensores, con todo su curriculum y prosapia, tienen la menor idea de lo que es una lucha obrera, ni lo que significan la solidaridad de clase o el compromiso militante. Tampoco lo van a aprender en el curso de este juicio, por más que lo vienen viendo ante sus ojos en cada compañero que dignifica y hace honor al nombre de Mariano.