jueves, 13 de septiembre de 2012

Día 16 -Los buenos y los malos, y el olfato de los policías de Varela. (14/9)

La décimo sexta jornada del juicio a los asesinos de Mariano Ferreyra trajo dos testimonios contundentes contra la patota y la policía, y cerró con el segundo capítulo de la nebulosa historia de la relación entre el barra brava Cristian "Harry" Favale y la bonaerense.

Néstor Osvaldo Miño, un maduro trabajador que comenzó a militar el el Partido Obrero pocos meses antes del asesinato de Mariano, relató, igual que todos sus compañeros que ya declararon cómo se reunieron en el local cerca de le estación Avellaneda para acompañar a los tercerizados en su reclamo. Describió nuevamente la caminata por la calle Bosch, que bordea las vías, mientras "un montón de gente, gesticulando y amenazando" los seguía sobre las vías, y la policía los flanqueaba en la calle. "Nosotros íbamos cantando, nos habían dicho los compañeros del partido antes de salir que estaba la patota, que marcháramos y no respondiéramos provocaciones". Unos 100 metros después de cruzar el puente sobre el Riachuelo, desde la mitad de la columna, donde iba ubicado, oyó un griterío, al tiempo que comenzó una lluvia de piedras. Era el primer ataque, cerca de las 12:00, cuando un pequeño grupo de manifestantes trató de subir al terraplén, sin ver que la patota acechaba cerca.



"Nos alejamos en dirección contraria a la vía, pasamos un patrullero de la PFA, hicimos unos 200 metros y partamos en una esquina. Ahí estuvimos como una hora y media, se hizo una asamblea, algunos compañeros comieron o tomaron algo o se refrescaron. Se decidió desconcentrar y empezaron a irse casi todos hacia la avenida".




Él se quedó apoyado en un viejo Ford Falcon en la esquina, dando la espalda a la vía.


Escuchó que alguien gritaba “Guarda que bajan”, y al darse vuelta vio que se venía "un malón que metía miedo". Mientras mujeres y chicos corrían hacia Vélez Sársfield, él y otros hombres, la mayoría muchachos, formaron un cordón para proteger la retirada. "A unos 40 metros de nosotros se frenaron y empieza el pedrerío. Yo levanté todas las piedras que pude para tirárselas de vuelta, pero pegaban en las ramas de los árboles y caían ahí nomás, así que me corrí para el medio de la calle. Justo enfrente mío, a unos 30 o 35 metros, vi un tipo de mi altura, 1,75; con remera azul, pelo corto y barba tipo candadito que tenía un revólver en la mano derecha. Disparó dos veces, a la altura del cuerpo de la gente, ni para arriba ni para abajo, escuché los tiros y vi los fogonazos. Enseguida bajó el arma y como que trató de abrirla con la otra mano, no pudo y se dio vuelta y se metió en el centro del grupo que estaba al costado de la Chevallier. Cuando vi la tele me di cuenta que era Favale".




Después, Néstor vio que un pequeño grupo de sus compañeros corrieron tras la patota que volvía a las vías, pero se frenaron en la línea policial, y volvieron. Se dio vuelta y vio a una mujer de pelo corto que pedía ayuda desesperada. (Era María Wenceslada Villalba, tal como ella lo relató en una de las primeras audiencias). Y a su lado, "un muchacho al que no conocía, caído en el piso, las piernas para el lado de las vías, con la remera levantada y se veía un orificio en la parte del hígado, debajo de la costilla. Otros compañeros le decían 'no te duermas, respirá'. Me aparté para darle aire y a cien metros vi una ambulancia que venía, alcancé a ver que en la camilla había otra persona, y al lado un muchacho sentado".




El segundo turno fue el de Alberto Mariano Esteche, vecino del barrio que estaba haciendo unas tareas de albañilería y había ido a comer a otra de las parrillas al paso de la zona, la de Luján y Perdriel. Allí, con su hijo adolescente y el parrillero, vieron pasar "una gente que venía con banderas rojas, había mujeres, embarazadas, chicos. Iban tranquilos, pasando de largo hacia la avenida, cuando apareció otro montón de gente gritando 'les vamos a pegar, son unos muertos de hambre, vamos a matarlos'". La fiscal le hizo una pregunta en la que no quedó muy claro a cuál de los dos grupos se refería, y el hombre, con total naturalidad, la interrogó: "¿Los buenos o de los malos?". Ante las protestas de los defensores, aclaró: "Los buenos venían cantando, los malos tirando piedras, puteando. Hay que ser tarado para tirar piedras así contra mujeres y chicos". Y siguió contando que, ante la escena, y si bien primero se refugió tras un camión, enseguida agarró lo primero que encontró a mano, un palo, y se aprestó a ayudar al grupo atacado. Fue entonces que escuchó un tiro, y después vio a tres personas que le quedaron grabadas en la retina. "Uno que es ése que está sentado leyendo ahí", dijo, y señaló a Gabriel "Payaso" Sánchez, "que tenía remera negra, gorrita, anteojos y un tatuaje en el antebrazo. Lo vi que guardaba algo en la cintura, algo negro que parecía una arma", y reprodujo el movimiento; otro "con remera a rayas azul y blanca, con mochila, creo que también tenía algo", y señaló en el video al testigo protegido Benítez, y "el que gritaba 'vamos a matarlos', que tenía un cuello" (González). En menos de diez minutos, agregó, los atacantes volvieron hacia la vía, y "algunos muchachos los salieron a correr, pero se interpuso la policía. Si los pibes seguían corriendo los alcanzaban.



Cuando los atacantes ya se iban, vio a Mariano herido, con los compañeros que trataban de ayudarlo. Él mismo dio una mano para subirlo a la ambulancia que vino ya con Elsa y Nelson en la cabina. Completó la declaración recordando que tuvo que quedarse en el lugar hasta que llegó la policía, que señaló tres plomos que había en la esquina de Perdriel, que fueron secuestrados, y luego lo llevaron a declarar.

Al terminar la declaración, el Dr. Froment, defensor de Pablo Díaz, pidió que se dejara constancia en el acta de que el Sr. Esteche había reconocido al testigo Benítez. "¿Y Ud. cómo sabe que ése es el testigo protegido?", preguntó, mordaz, el juez Horacio Días, haciendo referencia a la larga argumentación, en las audiencias anteriores, del mismo abogado, que había pretendido nulificar la declaración del patotero "arrepentido" porque la gorra y los bigotes y barba postizas que llevaba puesta no le permitían corroborar que fuera Benítez.

Para terminar la tarde, llegó el subcomisario Walter Omar Romero, segundo jefe de la comisaría 1ª de Florencio Varela. Como el comisario González, contó que conocía a Favale por nombre, apellido y apodo porque era parte de un grupo de la barra brava de Defensa y Justicia, y que se reunían cuando había partidos o cuando las hinchada viajaba a algún lado. Contó que el 20 de octubre, por la mañana, "Harry" lo llamó al radio para decirle que unos amigos, que iban a un acto político en Avellaneda con él, habían sido detenidos por un patrullero en el centro de Varela. Averiguó con sus subordinados, que le explicaron que pararon un Renault 19 porque iban 9 personas arriba del auto. Entonces, Favale fue con su Corsa, cargó a la mitad de sus "amigos" y se fueron muy tranquilos a sumarse al grupo de choque. Eso sí, cuando el subcomisario supo lo que había pasado, hizo un informe del incidente, que entregó al comisario y está en la causa. Eso es olfato policial.