viernes, 24 de agosto de 2012

Día 7: ¡No diga PATOTA! (23/8)

La audiencia comenzó con un nuevo intento de los defensores de Pedraza y su patota de suspender el debate. Como ya había ocurrido en las primeras jornadas, hicieron una larga serie de planteos nulificantes que tienen por único fundamento que los acusados están, precisamente, acusados por el crimen de Barracas. El tribunal difirió su tratamiento para el momento de los alegatos y sentencia, y se tomó 24 horas para resolver sobre los nuevos pedidos de excarcelación, que ya fueron rechazados. Los Dres. Froment, Igounet y Freeland encabezaron la ronda de chicanas, y fueron rápidamente seguidos por los demás defensores, incluso por los que asisten a los policías, en una clara muestra de que no sólo fueron socios para planificar, ejecutar y dar impunidad al ataque. También ahora, en el juicio, se advierten los intereses comunes de la burocracia sindical y el aparato estatal.

A continuación, comenzaron las declaraciones testimoniales de Federico Lugo, Emiliano Bonfiglio, Hugo Espeche y y Arnaldo Duré Duarte, todos ellos militantes del PO sobrevivientes del ataque, y querellantes con el patrocinio de CORREPI y APEL. Federico, Emiliano y Arnaldo eran compañeros de Mariano en la UJS de Avellaneda, por lo que sus relatos estuvieron teñidos por la emoción, especialmente en el último tramo, cuando, cuando ya se retiraban juntos de Barracas, se enteraron que uno de los heridos graves era su amigo. Por eso bajaron del colectivo 37 en el que iban hacia Callao y Corrientes, y se tomaron un taxi al Hospital Argerich, donde los esperaba la noticia de la muerte de Mariano.

Los cuatro compañeros fueron muy claros en su reconstrucción de los hechos. Contaron que notaron, desde su arribo al local de Avellaneda donde concentraron las organizaciones y los tercerizados, la presencia hostil, en la estación, de la policía y del grupo de choque de la Unión Ferroviaria, por lo que la columna dio un rodeo de dos o tres cuadras para evitarlos, antes de encaminarse por la calle Bosch, paralela a las vías, hacia Barracas. Coincidieron en la descripción del conjunto de unos 80 a 120 individuos desaforados que los alcanzaron por arriba del terraplén, insultándolos, mientras la columna de tercerizados y organizaciones entonaba consignas por el pase a planta permanente y la reincorporación de los despedidos, y cómo respondieron con el grito de "Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta..." la constante provocación de la patota. Federico vio con claridad, ya en el momento del ataque final, cuando integraba el cordón de seguridad, a uno de los tiradores, cuya descripción coincidió tan rotundamente con Favale que el barra brava desvió los ojos del estrado al escucharlo. Emiliano, el joven que se advierte en las fotos de la movilización encabezando la marcha con el bombo que daba compás a las consignas, relató con mucho detalle el momento en que, ya llegando a Vélez Sarsfield, escuchó los gritos de los compañeros en la cola de la manifestación advirtiendo que se venía la patota, y cómo, después de darle el bombo a una compañera, se sumó al cordón que rápidamente formaron los más jóvenes para proteger al resto.

Luego fue el turno de Hugo, militante de la zona sur, que se detuvo en el primer ataque, cuando una lluvia de piedras se descargaron sobre los pocos manifestantes que intentaron subir al terraplén en un lugar donde el alambrado estaba abierto. Fue después de ese intento desistido que la columna se alejó unos 300 metros de las vías, para hacer una asamblea de balance de la actividad y resolver retirarse del lugar.

Justo antes del testimonio de Hugo, el abogado Freeland, defensor del "Gallego" Fernández, había pedido al tribunal que no se permitiera a los testigos usar el término "patota" para referirse al grupo de acusados integrantes del grupo de choque de la Unión Ferroviaria. Cuando Espeche, naturalmente, dijo "se vino la patota", el presidente del tribunal, contemporizador, le preguntó si no podía usar otro término, como "los ferroviarios" para referirse a los atacantes. "¿Ferroviarios? ¿y los ferroviarios que estaban con nosotros?" se extrañó el testigo.

Cerró la jornada Arnaldo, que no pudo reprimir las lágrimas al rememorar "ese día que me cambió la vida", con la muerte de su amigo, con el que compartía la militancia, la música, el cine. De nuevo, el Dr. Freeland asumió la ofensiva común de la defensa, preguntándole al conmocionado testigo por qué, si desde el principio de la jornada habían notado la hostilidad de la policía y los hombres de la UF, igual habían realizado la actividad. Arnaldo lo miró sorprendido, y tuvimos que intervenir para explicar al tribunal que es obvio que la decisión de seguir adelante con la movilización extrañe a alguien como el defensor de Fernández, porque remite a algo que le es totalmente desconocido por su condición de clase: la defensa incondicional de los trabajadores, a partir del compromiso de vida que se asume con la militancia. Aunque también el presidente del tribunal puso cara de algo extrañado, eximió a Arnaldo de contestar la impertinente pregunta.

Sólo resta, el próximo lunes, que declare María Wenceslada Villalba, para concluir esta primera etapa, iniciada con Nelson Aguirre, de los testimonios de quienes asumieron, junto a CORREPI y APEL, el rol de querellantes contra los asesinos de la patota y la policía. Luego, seguirá la lista con los policías que tuvieron intervención en uno u otro momento de los hechos o después de ellos.